Comunidad Umbría: rol y escritura en un mismo lugar

"Comunidad Umbría es una página que promueve la literatura"

Comunidad Umbría, Rol por Web. Un sitio en la Internet que invita desde el primer momento a escribir. Pero no te hablo de escribir por cumplir un requisito, es necesario hacerlo bien y con calidad, derramando en cada entrada toda tu creatividad y talento literario, pues he comprobado de primera mano lo exigente que puede llegar a ser un usuario de esta comunidad.

Con una interfaz atractiva y comprensible, darse de alta en Comunidad Umbría, Rol por Web es  el primer paso. Te haces con un nombre de usuario y un correo. Así de fácil. Sin intrincados formularios y requisitos de oficina estatal. 

Una vez adentro, seleccionas un avatar y empiezas a disfrutar de partidas de rol por Internet. Si a estas alturas no la has cogido, entiéndelo, ¿recuerdas esos divertidos jueguitos de mesa donde encarnabas a un elfo o a un enano?  Es lo mismo, solo que en vez de eso estarás en la comodidad de tu casa frente al computador, transfigurando en un ser mucho más extravagante y raro de lo que ya eras para tus padres. Un total freaky.

Se empieza como espectro friki y a medida que se ganan frikipuntos (Existen diferentes maneras de hacerse con estos puntos) se va ascendiendo en la escala social de la comunidad o frikómetro, pasando por Frikitines, Frikensteins, hasta frikimasters.

Y después preguntamos por qué no tenemos vida social
A partir de este momento decides si quieres actuar como director y abrir tu propia partida o participar en una como jugador. Por mi parte recomiendo conocer primero la página, sus funcionalidades y los recursos (que son bastantes) antes de aventurarte a dirigir sin experiencia. Es en este punto donde debemos sacar a flote el escritor que llevamos dentro.

Narrar, dirigir, o hacer parte de una partida en Comunidad Umbría, Rol por Web significa esmerarte en cada detalle, cada palabra y aspecto de la misma, con el fin de estimular a tus jugadores y compañeros mediante escenarios repletos de imágenes, sonidos y descripciones extraordinarias, ya que ellos no podrán escuchar tu voz ni verte y deberán dejar llevar su imaginación conforme escribas.

Y es que, desde un punto de vista literario, Comunidad Umbría, Rol por Web hace parte de una de mis paginas favoritas, aunque aclaro que todo depende de las reglas acordadas al inicio de la partida, pues muchos solo desean pasar un buen rato sin quemarse el coco ni inspiraciones artísticas 

Para dar mayor énfasis a lo que estoy intentando explicar, pego una entrada de un jugador x en una partida x en una sección que su director tituló relatos y donde cada uno explicaba los orígenes de sus personajes

PONZOÑA:
Ante sí se alzaba, recortado contra el horizonte, el enorme bloque granítico que le había servido de norte durante su avance por la desolada llanura en los últimos días. Durante varias jornadas había seguido el cauce de un imaginario y falso río sin agua, creado por las pezuñas y cascos de las manadas y rebaños de ñúes y cebras, en su huida de un páramo de pastos agostados y resecos a la búsqueda de mares de hierba verde y fresca. El sol, en una vertical implacable, ejercía su cruel dominio de luz y calor sobre aquel paraje y un suave viento, abrasador y árido, consumía la escasa humedad del aire.
Él se detuvo durante unos instantes, apenas percibiendo el reverberante calor del suelo bajo las encallecidas plantas de sus pies. Su oscura mirada, destellante entre los entrecerrados párpados y contrapunto a la cegadora luminosidad del mediodía, registró el terreno a su alrededor. A escasos metros y distanciadas entre sí, unas pocas acacias de torturados troncos y espinosas ramas, ofrecían una escuálida sombra a quien estuviera dispuesto a refugiarse bajo ellas. Pero no era sombra lo que buscaba. No ahora. Y entonces las vio. Una breve sonrisa asomó entre sus labios al distinguir las rastreras hojas, pardas por el estío, una agostada promesa de lo que, penosamente, habían acumulado para sobrevivir a aquella estación de privación.
Comenzó a andar hacia ellas y bajo la dirección de aquel nimio esfuerzo, los poderosos músculos se perfilaron bajo la negra piel. Se arrodilló, en un gesto casi de veneración hacia la naturaleza que habría de proporcionarle lo que más necesitaba en aquel momento. Su cuchillo, mate incluso a la luz del sol, rasgó la tierra, cuarteándola alrededor del frágil tallo. Las manos escarbaron con suavidad, levantando finas nubes del polvo, hasta alcanzar el grueso y jugoso tubérculo. Un leve tirón lo arrancó de su cuna. Ahora sí era el momento de acogerse a la promesa de las acacias de la sabana.
Sentado en el suelo y con la espalda apoyada contra el rugoso tronco del árbol elegido, movía la hoja que cortaba pedazos de la raíz con un seco chasquido. Masticaba lentamente, extrayendo toda el agua de una pulpa tan áspera como el terreno que le rodeaba y después escupía a un lado el fibroso resto. Y mientras tanto, era uno con el todo. No pensaba, no hablaba consigo mismo, no rezaba, no imaginaba, no recordaba. Era como el árbol, como la piedra, como las hormigas que desfilaban a su lado eludiéndolo, como la lagartija que, a la distancia de una lanza, corría para ocultarse en la grieta.
No tenía prisa. Hurgó en su precario zurrón y sacó un trozo de tasajo, correoso como el mismo cuero, seco y duro como había sido su vida hasta donde podía recordar si se esforzaba en ello. Mordisqueó la carne, paciente, sabedor de que su dureza era la prueba de una resistencia al tiempo, consciente de que él mismo era aún más duro que aquella carne desecada al sol hacía ya varias estaciones. Entrecerró los ojos, somnoliento y aun así alerta, como todo hijo de la sabana que deseara vivir.
El sol prosiguió inalterable su camino, las sombras se alargaron y todo se tiñó con el color de la sangre del ocaso bajo el eco de los rugidos de los leones que despertaban hambrientos. Sólo entonces, con un leve suspiro de fatiga, se puso en pie. Bostezó y se estiró perezosamente, con una gracia felina inapreciable para sí, y comenzó a caminar hacia la gran piedra. Sabía que estaban allí, al otro lado de aquella masa que los ocultaba y lo ocultaba a él. Y sabía que ellos eran su destino. O que él era el suyo. No era importante. Los dioses o los espíritus zanjarían con el tiempo aquel enigma. Pero no deseaba apresurarse. Era su última noche. Lo sabía. Así lo había decidido.
Ascendió la pronunciada pendiente sin dificultad. La rugosa superficie de la piedra parecía adherirse a sus pies. Los damanes de la roca huían a su paso para, tras una corta carrera en la que ocultarse tras matojos o grandes cantos, observar curiosos y sin temor a aquel humano que no les prestaba especial atención. Llegó a la cima, coronada por un inmenso y solitario sicomoro cuyas raíces parecían en constante lucha con la poco acogedora piedra. Desde lo alto se distinguía claramente la vasta superficie de la Sabana y al Este, los fuegos de un campamento.
Se entretuvo recogiendo algunas ramas secas y pronto ardió un pequeño fuego protegido del viento y de las miradas casuales. Contempló el trozo de madera que había encontrado y guardado y a la luz de la lumbre y de la creciente claridad de la luna llena, comenzó a trabajar en él. Entonces, mientras las astillas caían y la madera adquiría una nueva forma, sí se permitió recordar.
Atrás habían quedado su poblado, su familia, sus amigos, su tribu. Y con ellos, su vida, su pasado. Nada ni nadie que amara especialmente o que fuera a echar de menos. Atrás quedaba su infancia, una dura competencia con sus dos hermanas, dignas hembras del clan de las Hienas. Tan bellas, elegantes y letales como las hembras de leopardo en su acecho.
En dos ocasiones habían tratado de poner fin a su vida, valiéndose de su conocimiento de las plantas más letales de la sabana, creando los venenos que creían habrían de matarlo. No contaban con que su destino fuera sobrevivir a sus instintos fratricidas. Pero eran perseverantes. Él lo sabía. Y quizás acabarían logrando su propósito. Y con la misma certeza que a la noche sigue el día, supo que debía matarlas antes de que lo consiguieran. Había sido educado para ello, instruido con dureza por unos progenitores que buscaban una prole que los enorgulleciera en base a la sangre derramada, fuera amiga o enemiga. Por ello habían educado su cuerpo, moldeándolo. Por ello habían cercenado sus sentimientos, convirtiendo su alma en un trozo de obsidiana negra.
No hubo odio ni deseo de venganza. Eran pasiones que no alcanzaba a comprender del todo. Fue el simple deseo de vivir acompañado de otro deseo, el del reconocimiento de la tribu a su valía. Comprendía a sus hermanas de camada que, al igual que las hienas manchadas de sus tierras, buscaban su propio lugar dentro del clan, un lugar en el que para ellas él no tenía cabida. Deseaban ser respetadas. Ansiaban el reconocimiento de padre y madre. Él sólo era el instrumento para lograrlo.
No sería su mano la que derramara la sangre de sus hermanas. Les debía al menos eso. Una oportunidad para demostrar su fuerza y valor cayendo ante su enemigo ancestral, matando mientras morían. Con falsas promesas las condujo a la emboscada que acabó con ambas. Hembras feroces y crueles, amparadas bajo su mutua alianza de protección, no sospecharon de él o de sus verdaderas intenciones, ni siquiera cuando desde la distancia las vio caer, rodeadas de la sangre y de los cuerpos mutilados de los Cazadores de Cabezas que antes habían sucumbido a su ardor guerrero. No sintió pena ni arrepentimiento. Era lo que debía hacerse. Ellas o él. Los espíritus habían decidido.
Los ancianos de la tribu, los chamanes, y sus progenitores alabaron su astucia y el éxito de su lucha fratricida. Ya era un verdadero adulto y sus presas se revelaban mucho más valiosas que un antílope enfermo y sarnoso cuya carne apenas alimentaría a los chacales que merodeaban las chozas de la tribu.
Fueron buenos tiempos que no duraron demasiado. A las alabanzas iniciales siguieron las miradas frías de sus padres. A estas, el desprecio. Finalmente llegó el odio no disimulado. Podía entenderlo. Él era un guerrero. Quizás llegara a desposar a una mujer de su tribu, pero probablemente muriera antes de engendrar un hijo. Sus hermanas eran dadoras de vida, potenciales madres que asegurarían el linaje de su familia. Ahora, su sangre se agostaría desapareciendo para siempre si su simiente no hallaba un vientre. Vio la muerte en los ojos de ellos. Su muerte. Lo entendió. Y supo una vez más que, si deseaba sobrevivir, debía matar.
Volteó entre sus manos la talla aún inconclusa. Se percibían las formas, aunque faltaban los detalles. Los cuartos traseros bajos, la poderosa cabeza, la fuerte mandíbula, las potentes patas. Acarició la madera con su encallecida diestra, arrastrando pequeñas virutas. El cuchillo volvió a trabajar.
Nadie le recriminaría por las muertes de sus progenitores. Lo sabía. Pero sentía cierta desazón ante la idea de derramar su sangre. Ignoraba su causa. Ignoraba incluso el nombre de aquello que sentía. Decidió. Vivirían. Ellos y él. Recogió sus magras pertenencias durante la noche y dejó a atrás familia, clan y tribu. Abandonó el pasado y, al tiempo, su futuro con ellos. Sabía de los mercenarios que comerciaban con plata y reclutaban gentes para guerrear. Constituían una oportunidad para sobrevivir, al menos por un tiempo. La tierra le cantó que siguiera la senda de la migración para vislumbrar su destino.
Depositó la hiena de madera sobre una lisa laja junto al fuego. La luna había concluido su ciclo y las primeras luces del amanecer asomaban en el horizonte. Se puso en pie, sin sentir cansancio alguno tras la noche de vigilia, la mirada negra fija en el campamento que despertaba. Volvió los ojos hacia la talla, imposibles de descifrar. Apagó el fuego orinando sobre él, levantando una ácida y maloliente nube de vaho que se enroscó en torno a la hiena de madera. Se giró e inició el descenso por la empinada ladera de granito, siempre hacia el este, hacia los fuegos, hacia las tiendas, hacia el futuro.
Si lo anterior no es un esbozo literario, entonces no sé que lo será. 

Como decía, todo depende del director o máster, como lo llaman algunos, pero desde mi punto de vista, una buena entrada no lo es por su longitud sino por la calidad, con personajes que hablen y se porten de acuerdo a su ficha y según fueron creados. Con jugadores que no se conformen en plasmar dos o tres renglones estilo mensaje de texto y que recurran a descripciones del entorno completos, capaces de meterte de lleno en aquel mundo imaginario.

En conclusión, para los adictos al juego en carne y hueso, puede parecer un poco lenta y nada interactiva, incluso arriesgada, por el hecho de que en cualquier momento el director o los jugadores desaparecen sin que puedas hacer nada por evitarlo. Lo único que puedo asegurar es que, si todos hacen su parte, Comunidad Umbría puede llegar a ser fuente de ideas para tu novela y un divertido ejercicio para acostumbrarte a escribir.

2 comentarios:

  1. ¡Gracias por este artículo sobre la Comunidad!

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    1. Es un verdadero placer Chemo, la diversión que me ha dado Comunidad Umbría no tiene precio

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